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miércoles, 25 de julio de 2012

Taller de Literatura

Pasión y baño de un cazador de ranas


Al llegar al barrio y hacerme de amigos, lo primero que me mostraron fue las famosas lagunas. Quedé asombrado y más asombrado me sentí al descubrir, en la orilla de uno de los canales, y trepada sobre una rama, una enorme rana. Me explicaron lo que era y me dijeron que se podían pescar, aunque mis amigos decían cazar y no pescar. 
— ¿Y cómo se cazan? —pregunté, incrédulo. 
—Es muy sencillo —me dijeron—. Ahora vas a ver.                                                                                                                                                                                 Llevaba uno de ellos una varilla; amarró en su extremo un trozo de cordel de más o menos dos metros; en la punta ató un pedacito de carne que sacó de un bolsillo; saltó al otro lado de la zanja, ubicó desde arriba el lugar en que estaba el batracio y levantando la varilla fue bajando con lentitud el cordel. Nosotros observábamos. 
La rana levantó la cabeza y miró: un buen bocado. Al llegar a su alcance abrió la boca, lo engulló y empezó a tragarlo. El muchacho, que sentía en la varilla todos los movimientos que provocaba la acción de la rana, tiró de pronto hacia arriba con violencia y allá fue la rana por el aire, soltando la presa solo cuando ya era tarde: el muchacho la tomó al caer; saltó de nuevo la zanja y vino hacia mí a mostrar su presa. 
Mi asombro llegó al deslumbramiento y me convertí de inmediato en cazador de ranas.                                                                                                        ¿Cuántas cacé? Centenares quizá, centenares de ranas que llevé a mi casa, metiéndolas en cuantos tarros y depósitos encontré. No se me escaparon ni los lavatorios. Algunos tarros eran muy bajos y las ranas saltaron fuera u deambularon por la casa. Un día, aprovechando una ausencia mía, las echaron a la calle u desaparecieron regresando sin duda a las zanjas o metiéndose donde pudieron. Tuve una pataleta. Me explicaron que no me costaría nada volver a cazarlas. Les hallé razón y empecé a traerlas de nuevo. 
La segunda temporada terminó de modo violento: un día de verano, en tanto llevaba un tarro lleno de batracios, la varilla y un cordel, me hallé en la necesidad de saltar una zanja de aquellas. Habría podido caminar unos cincuenta metros y evitar el salto, pero hacía calor, el tarro pesaba mucho y, además, estaba acostumbrado a esos saltos. No podía tomarse impulso, es decir, dar una pequeña carrera; cada canal tenía, en las orillas, un borde más alto que el terreno adyacente y sólo se podía abrir un poco las piernas, recoger los músculos y confiar en las piernas. Confiaba en las mías. Tiré la varilla hacia el otro lado, me contraje cuanto pude y salí disparado.                                                                                                                                                                                ¿Calculé mal la distancia, el tarro pesaba demasiado y me desequilibraba, no estaba en forma ese día? Toqué con la punta del pie la orilla del borde contrario, el zapato resbaló y caí, hundiéndome en el agua y azotando la cara contra la húmeda pared. Allí quedé, medio aturdido, sintiendo que mis ojos estaban casi ciegos y que mi nariz y mi boca se hinchaban con rapidez. Había soltado el tarro al caer y estaba tan asustado que ni siquiera se me ocurrió llorar. El fondo del canal, lleno de fango, parecía sujetarme los pies. Mi aturdimiento duró poco: estiré los brazos, me tomé del borde y me icé sin gran trabajo. Una vez arriba, me miré: estaba mojado hasta la cintura, los zapatos se veían llenos de barro y las piernas mostraban una capa de vegetación acuática; chorreaba agua y fango. Mi nariz, que toqué, me recordó la de mi ex maestro, El Nariz de Batata. 
    ¿Qué hacer? No podía limpiarme allí ni esperar a que se me secara la ropa. Emprendí entonces el más triste de los regresos que un cazador de cualquier cosa haya hecho hacia su hogar. Al llegar a él recibí la mejor de las palizas de la temporada. Renuncié a las ranas.                                                                                                                                                                      

MANUEL ROJAS, en Imágenes de infancia.
1-    Narra alguna aventura, en 1° persona, de alguna vivencia en la que hayas tenido ganas de desaparecer.