miércoles, 20 de agosto de 2014

Mil grullas de Elsa I. Bornemann.


 Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos. 
Porque ellos eran nuevos en el mundo. Tambíen, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando. 
Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a la noticia de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes. 
Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo. 
¡Ah... y también se estaban descubriendo uno al otro! 
Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos. 
Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio... 
Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa. 
-No tengo hambre —le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía—. Te dejo mi vianda —y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración. 
Naomi... Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún... 
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares. 
Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que tendrían que dejar de verse durante un mes y medio inacabable. 
A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases. 
Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque... 
Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque... 
Y aunque no lo supieran: ¡Por fin llegó agosto! —pensaron los dos al mismo tiempo. 
Miyashima: pequeña isla situada en las proximidades de la ciudad de Hiroshima 
Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto a sus padres, hacia la aldea de Miyashima. Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local. 
Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas, -Para cuando termine la guerra... —decía el abuelo—. Todo acaba algún día... —comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a él se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi. 
¿Y Naomi? 
El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella atravesándolo. 
Tatami: estera que se coloca sobre pisos, en las casas japonesas tradicionales 
Abandonó el tatami, se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro. 
Haiku: breve poema de diecisiete sílabas, típico de la poesía japonesa. 
El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus: 
Lento se apaga 
El verano 
Enciendo 
Lámpara y sonrisas. 
Pronto 
Florecerán los crisantemos. 
Espera,Corazón. 
Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesoros de la curiosidad de sus hermanos. 
El cuatro y el cinco de agosto se lo pasó ayudando a su madre y a las tías ¡Era tanta la ropa para remendar! 
Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese. 
La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la cmisa de su papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca... 
Y los dos deseos se cumplieron. 
Pero el mundo tenía sus propios planes... 
Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima. 
Obi: faja que acompaña al kimono. 
Kimono: vestimenta tradicional japonesa, de amplias mangas, largas hasta los pies y que se cruza por delante, sujetándose con una especie de faja llamada obi. 
Naomi se ajusta el obi de su kimono y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo ahora? 
"Ahora", Toshiro Pesca en la isla mientras se pregunta: -¿Qué estará haciendo Naomi? 
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima. 
En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo. El cielo de Hiroshima. 
Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad. 
En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez. 
Dos viejos trenzan bambúes por última vez. 
Verso de una popular canción infantil japonesa. 
Una docena de chicos canturrea: "Donguri-Koro Koro- Donguri Ko..." por última vez. 
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez. 
Miles de hombres piensan en mañana por última vez. 
Naomi sale para hacer unos mandados. 
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río. 
Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el pasado de Hiroshima. 
Ya ninguno de los sobrevivientes podrán volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido. 
Nadie será ya quien era. 
Hiroshima arrasada por un hongo atómico. 
Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando. 
Recién en diciembre logró Toshiro averiguar donde estaba Naomi. ¡Y que aún estaba viva, Dios! 
Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima, como tantos otros cientos de miles que también habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en su misma sangre. 
Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana. 
El invierno se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar. 
Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura. 
Sobre su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas. 
-Voy a morirme, Toshiro... —susurró. No bien su amigo se paró, en silencio, al lado de su cama—. Nunca llegaré a plegar las mil grullas que me hacen falta... 
Semba-Tsuru (Mil grullas): Una creencia popular japonesa, asegura que haciendo mil de esas aves –según enseña a realizarlo el origami (nombre del sistema de plegado de papel)– se logra alcanzar la larga vida y felicidad. 
Mil grullas... o "Semba-Tsuru", como se dice en japonés. 
Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita. Sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta. 
-Te vas a curar, Naomi —le dijo entonces, pero su amiga no le oía ya: se había quedado dormida. 
El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas. 
Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporariamente alojados) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí. 
Hojas de diario, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos. 
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas. 
Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.
La tijera la llevaba oculta entre sus ropas. 
Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía, el muchacho se encontraba pasando hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra. 
Furoshiki: tela cuadrangular que se usa para formar una bolsa, atándola por sus cuatro puntas después de colocar el contenido 
Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de su furoshiki y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de sus primos. 
No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas. 
-Prohibidas las visitas a esta hora —le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga. 
Toshiro insistió: -Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho, Por favor... 
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma aparentemente impasililidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara: -Pero cinco minutos, ¿eh? 
Naomi dormía. 
Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se subió. 
Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres. 
Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que Naomi lo estaba observando. Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos. 
Tosi-can: diminutivo de Toshiro 
-Son hermosas, Tosí-can... Gracias... 
-Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas —y el muchacho abandonó la sala sin darse vuelta. 
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por unos instantes la ventana. 
Los ojos de Naomi seguían sonriendo. 
La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre? 
Febrero de 1976. 
Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres. 
Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar. 
Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo. 
Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de las máquina de calcular. 
Grullas surgidas de servilletas con impresos de los más sofisticados restaurantes... 
Grullas y más grullas. Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe de creer en aquella superstición japonesa. 
-Algún día completará las mil... —cuchicheaban entre risas— ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio? 
Ninguno sospechaba, siquiera, la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero. 


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Fuentes:
http://planlectura.educ.ar/pdf/05-TAPA_MIL_GRULLAS.pdf
http://actividadesde11.blogspot.com.ar/2013/10/mil-grullas-un-cuento-de-elsa-bornemann.html


miércoles, 2 de julio de 2014

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS

Horacio Quiroga
(1879-1937)

(Cuentos de amor, de locura y de muerte, (1917)


         Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
         Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
         La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
         En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
         No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
         Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
         —No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
         Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
         Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
         —¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
         Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
         —¡Soy yo, Alicia, soy yo!
         Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
         Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
         Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
         —Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...
         —¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
         Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
         Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
         Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
         —¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
         Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
         —Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
         —Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
         La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
         —¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
         —Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
         Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
         Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
         Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

Actividades:
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Fuentes:


lunes, 9 de junio de 2014

Mitos para 2° año

Lee MITOS GRIEGOS del siguiente link, luego responde a las consignas:

http://www.buenosaires.gob.ar/areas/educacion/curricula/plan_plurianual_oct07/p_del_lenguaje/pl_mitos_a.pdf

Hércules
  1. ¿Por qué se formó la Vía Láctea? 
  2. Elabora breves textos informativos para presentar "Los trabajos de Hércules".

Aracne
  1. ¿Quién es la diosa con que se enfrenta Aracne?, ¿de qué manera la llamaban los romanos?
  2. ¿De qué manera cambia su aspecto para descender a la tierra?, ¿por qué lo hace?
  3. Atenea se enfurece contra Aracne, ¿ es un problema de envidia y celos, o se siente ofendida por lo que Aracne "dice" de los dioses en las imágenes de su tejido?. Busca otra versión y cita la fuente.¿Coinciden las versiones? Fundamenta tu respuesta.
  4. ¿Qué suerte corre Aracne?, ¿Cómo hace la diosa para transformarla?
Odiseo o Ulises
  1. Narra mediante imágenes la aventura de Ulises contra los Cíclopes
  2. Cada episodio de Ulises, presenta características parecidas: narra de qué manera el héroe lucha contra un terrible monstruo, engaña a un poderoso enemigo o libera a un prisionero. Continua la historia y pon otra vez a Ulises en marcha hacia su reino:
Después del naufragio de su nave, desplazada contra los arrecifes, Ulises reunió sus últimas fuerzas y nadó contra la corriente hasta caer exhausto en la playa. El sol poco a poco calentó su cuerpo agotado. Ulises miró a su alrededor, ni un solo madero, resto de nave, había quedado depositado sobre la playa. Las gaviotas cruzaban la cabellera azulosa del cielo. Ulises las vio pasas, batían las alas con energía, remontaban vuelo hasta las nubes y se alejaban velozmente de la costa.

Eco y Narciso 
Lee: "Las ninfas", pág. 26 y el mito de "Eco y Narciso" de http://sinalefa2.wordpress.com/leyendas-y-mitos/eco-y-narciso/ y responde:

  1. ¿Qué es una ninfa?
  2. ¿Por qué y cómo es condenada Eco?
  3. ¿Qué importancia tiene la predicción sobre Narciso con el final?
  4. Caracterizar al personaje de Narciso y sus amores.
  5. Una "metamorfosis" es una transformación en la cual siempre se mantienen características del estadio previo, ¿En qué se metamorfosea Narciso y qué mantiene de él?
Teseo
  1. ¿Reúne Teseo las características de un héroe griego? ¿Qué semejanzas y diferencias tiene estos héroes con la imagen que nosotros tenemos de los héroes? ¿Qué dice el diccionario de la palabra "héroe"?
  2. Teseo abandona la casa de su madre y aunque de manera juvenil e inocente enfrenta sus primeros pruebas: ¿con quién se encuentra en el camino?, ¿creen que intenta imitar  al héroe con el que se había cruzado siendo niño?, ¿cómo es el encuentro del joven con su padre?.
  3. Busca otra versión de Teseo e indica la fuente. ¿Qué aspectos tiene en común con la que leyeron en la propuesta? ¿Narran la muerte de Egeo? ¿Cuál es el destino de Ariadna en las otras versiones?
  4. Lee en forma completa el texto " El camino del héroe", página 18 de "Mitos Griegos". Donde sea posible, intercala ejemplificaciones tomando aspectos de la historia de Teseo, luego transcribe la nueva versión. Incluye frases con: "en el caso de Teseo", "por ejemplo, Teseo...", "si pensamos en la historia de Teseo, vemos que..."
Dioses
  • Lee: "Los dioses griegos" pág. 10
  • Menciona los atributos, plantas y animales que acompañan a cada uno de los dioses.


Otras actividades
  •  Investiga sobre los animales que se mencionan en "Mitos Griegos" y escribe una breve enciclopedia de animales mitológicos, ilustrada, con índice y prólogo. En el prólogo comenta acerca de los mitos.
  • ¿Por qué Aquiles es vulnerable?
  • ¿Qué sucedía con las mujeres y los juegos olímpicos?

Fuentes:


La historia del fútbol

Según algunas teorías, el fútbol podría haber comenzado en el antiguo Egipto, ya que durante el siglo III a.C. se realizaba un juego de pelota como parte del rito de la fertilidad, en el que se practicaba algo parecido al balonmano, aunque un siglo antes se había inventado en China la pelota de cuero. Esta pelota fue adoptada posteriormente en los juegos populares en India y Persia.
En las antiguas civilizaciones prehispánicas también se conocen juegos de pelota más similares a lo que se conoce hoy como fútbol: los aztecas practicaban el tlachtli, una mezcla entre tenis, fútbol y baloncesto en el que se prohibía el uso de las manos y los pies y ¡el capitán del equipo derrotado era sacrificado!.
En la Grecia clásica, Homero llegó a hacer alusión a un juego de pelota llamado  “esfaira” o “esferomagia” debido a la esfera hecha de vejiga de buey que se utilizaba en el mismo. Desde ahí pasó al Imperio Romano, que utilizaban en su juego ‘harpastum’ un elemento esférico llamado “pila” o “pilotta” que evolucionó hasta el término pelota utilizado actualmente. Los romanos llevaron hasta Britania su juego de pelota.
También durante la Edad media tuvo mucha fama entre diferentes caballeros y culturas; entre otras anécdotas se dice que Ricardo Corazón de León llegó a proponer al caudillo musulmán Saladino, que dirimieran sus diferencias sobre la propiedad de Jerusalén con un partido de pelota. Pero, debido a su carácter violento durante un tiempo fue prohibido aunque, posteriormente fue el deporte nacional de las Islas Británicas.
A comienzos del siglo XIX comenzó a practicarse el dribbling-game en las escuelas públicas y de ahí pasó a las universidades más importantes (Oxford, Cambridge) donde se escribieron las primeras reglas (el Primer Reglamento de Cambridge apareció en 1848) y en 1863 se funda la Football Association, naciendo el denominado juego moderno o fútbol asociado.
El nombre ‘fútbol’ proviene de la palabra inglesa football, que significa ‘pie’ y ‘pelota’, por lo que también se le conoce como balonpie en diferentes zonas hispano parlantes, en especial Centroamérica y Estados Unidos. En la zona británica también se le conoce como “soccer”, que es una abreviación del término association que se refiere a la mencionada Football Association inglesa. El uso de un término u otro dependía del status de la clase social en la que se practicaba;  así las clases altas jugaban al soccer en las escuelas privadas mientras que las clases trabajadoras jugaban al football en las escuelas públicas.
El fútbol se hizo muy popular en las islas y se extendió gracias a los trabajadores ingleses que marchaban al extranjero con las grandes sociedades financieras y  empresas mineras. También se exportó el nombre del deporte, llamándose fußball en Alemania, voetbal en Holanda, fotbal en Escandinavia, futebol en Portugal o fútbol en España, por ejemplo.
Pronto surgieron nuevos equipos por toda Europa, como el Sheffield F.C. que fuel primero de la historia, fundado en 1857 por dos estudiantes de la famosa Harrow School de Londres, Le Havre Athletic Club en Francia (1.872) o el Génova en Italia (1.893).
En España se comenzó a jugar al fútbol fue en la zona de las Minas de Riotinto (Huelva). Así nació el primer equipo español, el “Huelva Recreation Club” en 1.889, formado exclusivamente por jugadores extranjeros; posteriormente se fundaron el Palamós, el Águilas, el Athletic de Bilbao y el F. C. Barcelona. En 1.902 se disputó la primera competición oficial, la Copa del Rey Alfonso XIII, en la que el Vizcaya le ganó al Barcelona en la final por 2-1.
Ya en el siglo XX, el 21 de mayo de 1.904 se funda la Federación Internacional del Fútbol Asociado (FIFA) y por primera vez se establecen reglas mundiales.
Os cuelgo aquí el Himno de la FIFA desde 1994, compuesto por el alemán Franz Lambert, es utilizado antes que se jueguen partidos internacionales, incluyendo partidos amistosos, Copa Mundial de Fútbol, Copa Mundial Femenina, Mundial Sub 20 y Sub 17, así como en las finales de los torneos nacionales u otros eventos especiales como el día del Fair play:
También existe el Himno de la UEFA (Unión de Federaciones de Fútbol Europeas y organismo rector del fútbol europeo en Europa) y que podéis oír si pincháis encima de el enlace.

De: http://www.elfutbolin.com
http://sinalefa2.wordpress.com/leyendas-y-mitos/la-historia-del-futbol/

Actividades
1) Confecciona en la carpeta una línea del tiempo con la historia del fútbol
2) ¿De dónde proviene el nombre "fútbol"?
3) ¿Qué diferencias hay entre "fútbol" y "soccer"?
4) ¿Por qué se expandió el fútbol?
5) Ubica en un mapa los países que se mencionan en el texto y los nombres que se le da al fútbol.

jueves, 5 de junio de 2014

Leyendas y Mitos para 1° año

La leyenda del acebo
La leyenda del clavel chino
La leyenda del jazmín
La leyenda del Ave del Paraíso – H. C. Andersen
Fuente: http://llevatetodo.com/
La leyenda del Chajá
La leyenda de Yeh-Shen

 La leyenda del anillo de Claddagh

http://sinalefa2.wordpress.com/2014/04/29/la-leyenda-del-anillo-de-claddagh/

Actividad:
Mitos
EL MITO DEL MINOTAURO

Se cuenta que Pasifae, esposa del rey de Creta – Minos- incurrió en la ira de Poseidón y éste, como castigo, la condenó a dar a luz a un hijo deforme: el Minotauro, el cual tenía un enorme cuerpo de hombre y cabeza de toro. Para esconder al “monstruo”, Minos ordenó al famoso arquitecto Dédalo que construyera un laberinto, una construcción tremendamente complicada de la que muy pocos conseguían salir. Escondió allí al Minotauro.
Cada luna nueva era imprescindible sacrificar un hombre para que el Minotauro pudiera alimentarse, pues subsistía gracias a la carne humana. Cuando este deseo no le era concedido, sembraba el terror y la muerte entre los habitantes de la región.
El rey Minos tenía otro hijo, Androgeo. Mientras éste se encontraba  en Atenas para participar en diversos juegos deportivos de los que había resultado vencedor, fue asesinado por atenienses. Minos, al enterarse de la trágica noticia, juró vengarse; reunió a su ejército y se dirigió  luego a Atenas que, al no estar preparada para semejante ataque, tuvo pronto que capitular y negociar la paz.
El rey cretense recibió a los embajadores atenienses, les señaló que habían matado a su hijo e indicó que las condiciones para la paz. Atenas enviaría cada nueve años siete jóvenes y siete doncellas a Creta, para que - con su vida- pagaran la de su hijo fallecido. Los embajadores se sintieron presos del terror cuando el rey añadió que los jóvenes serían ofrecidos al Minotauro. Pero no les quedaba otra alternativa más que la de aceptar tal difícil condición. Tan sólo tuvieron una única concesión: si uno de los jóvenes conseguía el triunfo sobre el Minotauro, la ciudad se libraría del atroz tributo.
Dos veces Atenas había pagado ya el terrible precio; pues dos veces una nave de origen ateniense e impulsada por velas negras había conducido, como se indicaba, a siete doncellas y siete jóvenes para que se dirigieran así al fatal destino que les esperaba.
Sin embargo, cuando llegó el día en que se sortearía  los nombres de las próximas víctimas, Teseo, único hijo del rey de Atenas – Egeo- propuso embarcarse como parte del tributo,  arriesgando su propia vida con tal de librar a la ciudad de aquella horrible carga.
Por tanto, al día siguiente, él y sus compañeros embarcaron y Teseo prometió a su padre que cambiaría por velas blancas las negras velas de la embarcación, una vez que hubiera derrotado al monstruo.  
El contingente llegó a Creta y los enviados debían permanecer custodiados en un sitio situado en las afueras de la ciudad hasta el momento de ser llevados al laberinto. Esta prisión reservada a las víctimas de los sacrificios estaba rodeada por un parque que colindaba con el jardín en que las dos hijas de Minos - Fedra y Ariadna- solían pasearse La fama del valor y de la belleza de Teseo había llegado a oídos de las dos doncellas, la mayor de las cuales –Ariadna-  deseaba fervientemente conocer y ayudar al joven ateniense.
Cuando consiguió verlo, le ofreció un ovillo de hilo y le indicó que éste representaba su salvación y la de sus compañeros ya que deberían atar un cabo a la entrada del laberinto y, a medida que penetraban en él, debían devanarlo regularmente. Una vez muerto el Minotauro, podrían enrollarlo y encontrar así el camino a la salida.
Además, sacó de entre los pliegues de su vestido un puñal y se lo entregó a Teseo. Le manifestó que estaba arriesgando su vida por él, pues si su padre se llegaba a enterar de su ayuda, se enfurecería con ella. Así que le pidió que, en caso de vencer a la bestia,  la llevara con él
Al día siguiente, el joven ateniense fue conducido junto a sus  compañeros al laberinto y, sin ser visto, ató el ovillo al muro y dejó que el hilo se fuera devanando poco a poco. Adentro, el monstruo esperaba hambriento.
Teseo avanzaba decidido. Cuando se encontró frente al terrible Minotauro, aprovechó el momento en que éste se abalanzó  sobre él y hundió su puñal en el cuerpo de la  bestia.
Una vez concretada su misión, sólo restaba desandar el camino, siguiendo el hilo que le había entregado Ariadna y salir del laberinto. ¡Había salvado a su ciudad!
En el momento de partir, Teseo - a escondidas- condujo a bordo de la embarcación a Ariadna y también a su bella hermana. Durante el viaje, la nave ancló en la isla de Nassos para refugiarse de una furiosa tempestad y, cuando los vientos se calmaron, no pudieron encontrar a Ariadna, a pesar de haberla buscado por todas partes. Una de las versiones recoge que se quedó dormida, otra que se perdió; según parece los dioses le tenían reservado a la princesa otro destino, pues acabó casándose con Dionisio, lo que le valió para alcanzar la inmortalidad.
Teseo continuó viaje hacia Atenas  pero olvidó cambiar las velas del barco como había prometido a su padre. Éste creyó que su hijo había muerto en su encuentro con el Minotauro, no pudo soportar su dolor y se arrojó, desde una torre alta, al mar que hoy lleva su nombre: Egeo.
Por su parte, Dédalo sufrió la ira del rey Minos y fue encerrado en el laberinto junto con su hijo Ícaro. Sin embargo, no había reto que pudiese domeñar la inteligencia del hábil artesano.


Actividad:
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Prometeo y la leyenda del fuego olímpico
Actividad:
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Perséfone y el invierno
Perseo y Andrómeda
Dánae era la hija de Acrisio, el rey de Argos, y vivía aislada del mundo, encerrada en una torre de palacio, porque a su padre le habían profetizado que su destino era morir a manos de un nieto suyo. Cuando Dánae era una adolescente, decidió encarcelarla para que no pudiera casarse, ni concebir hijos. Pensaba el rey: “Si no tengo nietos, me salvaré de morir”.
El dios Zeus se quedó prendado de la hermosura de la muchacha, y logró entrar en la celda de Dánae sin que nadie se diera cuenta. Un día la joven notó que por el techo de la torre se filtraba una extraña lluvia de oro, que le caía sobre el pecho y su vientre. No le molestaban esas gotas de agua, porque era agradable sentir su frescura sobre el cuerpo. No podía saber que el dios Zeus se había transformado en lluvia de oro para poder acariciarla.
Después de nueve meses, Dánae dio a luz a un niño. Su padre no podía explicar cómo había podido entrar un hombre en la habitación de la torre. Pronto empezó a pensar en la profecía, en que aquel niño acabaría con su vida, pero no se atrevió a ordenar que mataran al joven Perseo. Decidió encerrar a la madre y al niño en un cofre de madera y arrojarlo al mar.
Perseo y su madre estaban condenados a una muerte segura. Pero el destino quiso algo distinto. Después de treinta días vagando a capricho de las olas, una mañana las corrientes marinas vararon el cofre en una playa de la isla de Sérifos, donde la encontró un pescador.
En Sérifos gobernaba el rey Polidectes, que acogió a ambos en su propio palacio. Allí creció Perseo hasta convertirse en un apuesto y valiente joven. Todo iba bien hasta que Polidectes empezó a desconfiar de Perseo: observaba que se había ganado el aprecio de toda la gente, que llegaría lejos en la vida, y temió que algún día el joven le arrebatara el trono. Así fue como se asustó y decidió deshacerse de Perseo.
Habiendo pensado que no era conveniente matarlo, ni sus soldados ni él mismo, buscó una manera más malvada y discreta de quitárselo de enmedio. Un día lo llamó y le dijo “Perseo, un joven como tú debe demostrar su valor con una gran hazaña”, a lo que preguntó “¿Qué me aconsejáis que haga?”, y tras guardar silencio unos minutos, Polidectes dijo “Quiero que me traigas la cabeza de Medusa”.
Medusa vivía en un palacio oculto dentro de una gran cueva en el occidente del mundo, muy cerca del país de los muertos, y era considerada uno de los peores monstruos de la Tierra. Medusa había sido una mujer muy hermosa, pero los dioses la habían castigado quitándole la belleza. Sus suaves cabellos se transformaron en feroces serpientes, sus dientes blancos como el nácar se convirtieron en afilados colmillos, y su lengua era la de una temible serpiente. Pero lo peor de todo fue que sus ojos azules se volvieron muy negros, y su mirada convertía en piedra todo lo que miraba. Pero Perseo no dudó en llevar a cabo su misión. Tuvo la suerte de contar con la ayuda de algunos de los dioses: el dios Hermes le ofreció unas sandalias aladas con la que pudo volar hasta el país de la Medusa, y una curvada espada con hoja de diamante. La diosa Atenea le regaló un escudo de bronce y le dio un consejo “No mires directamente a la Medusa o te convertirás en piedra”. Por eso, cuando entró en el oscuro palacio, utilizó el escudo para buscar el reflejo de la Medusa, y con la espada le descargó un golpe en el cuello tan fuerte, que la cabeza de la Medusa con sus serpientes de larga lengua rodó por el suelo.
Perseo tanteando por la cueva con los ojos cerrados, para no mirarla, la recogió y la guardó en un zurrón para llevarla sin ningún peligro en el viaje de regreso a Sérifos.
El camino de vuelta fue muy duro, porque la cabeza de la Medusa pesaba mucho, y los vientos soplaban mucho en esos momentos. Al detenerse a descansar un rato en una costa, vio algo muy extraño: una muchacha encadenada en las rocas. Al acercarse, sintió en el corazón un fuego muy peculiar, pues la muchacha tenía una piel tan blanca como la espuma del mar, y un cabello tan dorado como el sol. La joven se llamaba Andrómeda, y le contó a Perseo que era la hija de un rey, al que el dios Poseidón había castigado enviándole un monstruo marino.
Así había sucedido. Pero, no contento el dios Poseidón con la muerte de muchas personas y animales, le dijo al rey que si entregaba a su hija al monstruo, volvería a vivir en paz. Perseo exclamó “¡Eso es una crueldad! ¡Mataré a ese monstruo cuando aparezca!”. Así pues se quedó junto a Andrómeda. Cuando apareció el monstruo, ante los ojos de Perseo se mostraba una bestia marina de poderosos músculos, que con la enorme boca abierta pretendía devorar a Andrómeda. Perseo se abalanzó desde el aire atacándolo con la espada, tratando de herirle, pero sus escamas eran muy duras. Tal fue el combate que Perseo perdió la fuerzas, y estaba a punto de perder la esperanza, cuando se le ocurrió algo más eficaz: volvió al acantilado, cogió su zurrón y sacando de su interior la cabeza de la Medusa la expuso para que la bestia la contemplara, convirtiéndose al instante en una enorme montaña de piedra.
Después, Perseo liberó a Andrómeda, y su padre, como recompensa, se la ofreció como esposa. Por lo demás, por supuesto, le llevó a Polidectes la cabeza de la Medusa, pero el rey fue tan curioso, que por abrir el zurrón, se transformó en un bloque esculpido de piedra.
Actividad:

Fuentes:

http://servicios.educarm.es/templates/portal/images/ficheros/etapasEducativas/secundaria/13/secciones/178/contenidos/18108/act_perseoandrmeda.pdf

http://microrelatosenlaescuela.blogspot.com.ar/2010/03/actividades-sobre-el-mito-de-perseo.html
Prometeo y la leyenda del fuego olímpico
Edipo rey
http://sinalefa2.wordpress.com/leyendas-y-mitos/edipo-rey/
Actividad:
https://docs.google.com/forms/d/1_gD0HXv1I2h2yXN0S2qyqc-i5JhcJ2ekLvXoPmug-Ws/viewform

Brujas Mellizas de SILVIA SCHUJER

Además de brujas, Brujeña y Brujilda eran hermanas. Gemelas. Dos gotas de agua. Tan idénticas por fuera que a primera vista parecían fotocopias.
 Por fuera, porque en el carácter eran el día y la noche, la luz y la sombra, las olas y el
viento...
 Brujeña era malévola, bellaca, descortés, deslucida y desagradable.
 Brujilda en cambio era cándida, benigna, sensible, abnegada y generosa.
 Brujeaban en la misma cueva. Atendían a los clientes por orden de llegada: el primero para una, el segundo para la otra. El tercero para la primera. El cuarto para la segunda, etc. Todo un tratado de democracia brujeril.
 Pero una cosa era cuando atendía Brujilda. Y otra muy distinta cuando lo hacía
Brujeñá.
 Si a la choza llegaba un paciente con empacho, Brujilda con sus brebajes convertía la panza de la víctima en un paraíso gástrico.
 Brujeña en cambio, transformaba al indigesto en un cerdo, como acto de castigo al muy tragón. Exageraba su tratamiento hasta que el cliente quedaba reducido a la categoría de bestia.
 Así eran: iguales y distintas. Y así se soportaban. Porque por miedo o por respeto entre hermanas ninguna se atrevía a desafiar los poderes de la otra y viceversa.
Hasta un día en que esto ocurrió.

 Un martes 13. A primera hora de la mañana.
 Apareció en la cueva un joven hermoso con el pelo enrulado, ojos claros y estatura de príncipe.
 - Buenos dias.- dijo. Y antes de que pudiera continuar, por única vez en la vida Brujeña y Brujilda estuvieron de acuerdo: se enamoraron perdidamente del mancebo y cayeron desmayadas a sus pies.
 -Es mío - suspiró ya repuesta Brujilda a quien de verdad correspondía la atención de ese cliente.
 -Lo siento - la desafió Brujeña decidida a todo.
 Y, al cabo de una larga discusión abundante en agravios brujeriles: "arpía", "lechuzona", "cara de fécula", "revuelto de piraña", "nariz de escoba vieja", etc se retaron a duelo.

 De entrada Brujilda descargó sobre su hermana 100 kilos de polvo de estrellas que, endurecidos sobre su cuerpo (el de Brujeña) la convirtieron en monumento a la piedra preciosa.
 Librada del hechizo y con ayuda de su escoba, Brujeña disparó contra los ojos de su hermana dos litros de leche cuajada que le dejaron la vista a la miseria.
 Llorando lágrimas de yogurt, Brujilda rompió de un escobazo los frascos con veneno de su hermana.
 Furiosa, Brujeña respondió al ataque desarmando el laboratorio de Brujilda de este modo:
                      las pociones para enamorar las hizo sopa
                      los brebajes de calmar dolores, saliva de caballo enfermo
                      las esencias de flor en jarabe, las convirtió en laxante.
 Enojadísima, Brujilda hizo que su hermana se transformara en mariposa.
 Mariposa y todo, Brujeña logró que su hermana se volviera un jabalí.
 Jabalí y todo, Brujilda hizo desaparecer la escoba de su hermana.
 Hermana y todo, Brujeña consiguió que la escoba de Brujilda se hiciera carbón en el mismo horno donde años atrás intentara cocinar a Hansel y Gretel.
 La guerra se fue tornando cada vez más fría, más destructiva. Hasta que las hermanas se desaparecieron una a la otra, y los poderes quedaron solos, es decir sin ellas, es decir a la buena de Dios. Invisibles, flotando por el aire, ante los ojos claros del joven hermoso con estatura de príncipe que no entendía qué rayos había pasado desde su llegada a la choza hasta ese momento.
Seguro de haber caído en una trampa y estar atrapado en la cueva, nuestro héroe respiró bien hondo y se dispuso a enfrentar la situación con la mayor valentía: abrió la puerta para escapar.
 Por su parte, aburridos de andar sueltos, los poderes de las brujas, se disolvieron en el aire y, sin saberlo, se dejaron respirar por el muchacho antes de que éste abandonara corriendo el lugar.
 Quizas por eso el que una vez fuera tan solo joven y hermoso, a partir de aquel día tuvo épocas de mágica belleza y otras de increíble fealdad. Vivió horas de de loca alegría seguidas por horas de sorprendente amargura. Odió y amó lo que odió.
Construyó y destruyó. Acarició y golpeó. Algunas veces mintió y otras dijo la verdad.
Para unos fue malo y para otros muy bueno.
 Lo cierto es que hasta el último minuto de su vida, el hombre trató de entender la razón de su pena y la de su dicha. Y como nunca encontró una respuesta, dejó escrita esta historia de brujas por si alguien que pasa la quiere escuchar.


“Brujas mellizas”, en Más palabras para jugar, ©1999, Editorial Sudamericana S.A.